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Viv@Fidel

25 AÑOS SIN BRASSENS

25 AÑOS SIN BRASSENS

"Mi naturaleza es reacia a todo tipo de exhibiciones; sufro de una modestia casi enfermiza. No puedo enseñar los órganos procreadores a nadie, exceptuando a mis mujeres y mis doctores"   (“Les Trompettes de la Renommée”) 

Georges Brassens (1921-1981) es tan popular en Francia como los Beatles en Inglaterra. La gente va silbando o cantando sus canciones por la calle, temas que pasan de una a otra generación. Palabras agridulces que le valieron el Gran Premio de Poesía de la Academia francesa; versos irreverentes, originales, armoniosos, bellísimos, duros como la piedra, pero que llegaron a ser tan populares como las canciones infantiles; poemas a los que pondría música con el paso del tiempo.  

Se le conocía familiarmente como el Buen Señor (Le Bon Maître) o Georges el Simplón (Tonton Georges).  Jamás estuvo interesado por dar un concierto fuera de su país hasta que, en 1973, por invitación de su amigo, el británico Colin Evans, fue hasta el País de Gales para dar un único y memorable recital en el Teatro Sherman de Cardiff. La BBC filmó el acto. TVE no hubiera hecho nada al respecto de haber tenido la oportunidad, ni siquiera con ocasión de la muerte del genial autor, al que dificultosamente pude dedicar un programa en la 2, a los pocos meses de su desaparición. Y me llovieron las críticas por ello. ¿Quién era ese Brassens, para ocupar cincuenta minutos en la Segunda Cadena?. La Televisión Española y de las JONS siempre tuvo de pública lo que Aznar de demócrata. Hoy, RTVE es ya un organismo engullido por empresarios de variado plumaje, mientras va desapareciendo cualquier vestigio de servicio al ciudadano, excepto si pensamos en las necesidades fisiológicas. Sin embargo, el poeta galo aún es un referente en la canción popular francesa de todos los tiempos. 

Quienes tuvieron la fortuna de conocer el Paris de los años sesenta y setenta, sabemos que en el teatro Bobino, en el barrio de Montparnasse, todas las tardes, durante los tres meses de invierno, solía anunciarse la visita de Georges. Era una sala con capacidad para casi mil quinientas personas que se llenaba sin problema, aunque en la calle había tortas por adquirir una entrada y las colas fueran de órdago. Cuando Brassens aparecía en aquel escenario, decorado sobriamente con una silla de madera y tres micrófonos (voz, guitarra y, en ocasiones, contrabajo y/o violonchelo), el silencio se interrumpía con una cariñosa ovación, breve pero de una intensidad emocionante. Un solo cañón de luz iluminaba al cantante que, con un pie sobre la silla, iniciaba el concierto con un primer tema que nunca era el mismo en cada actuación.  

A partir de ese instante, el local era todo interés, cariño, mimo y respeto hacia un personaje único, que lograba con una voz profunda y suave, con perfecta dicción, llevarnos a un paraíso de novelas cortas en las que conocíamos a Jeanne, a cuatro bachilleres, al juez que fue violado por un gorila, a los enamorados que se besaban en los bancos del parque, para confesarnos (vía Louis Aragon) que no hay amores dichosos o elevar una súplica para ser enterrado en la playa de Sête, tener el honor de hacer una No Petición de Matrimonio y mostrar una alegría desbordante al saber que “tengo una cita con usted”.  

Georges Brassens es el mejor de los poetas-cantantes que han existido, el más preclaro de los cantantes que han creado poemas propios para ser cantados. Un caso insólito, perteneciente a esa órbita en la que giraban Jacques Brel o Leo Ferré, Jean Ferrat y Charles Trenet, pero que, al contrario del primero de los nombrados, jamás fue promocionado en España, territorio comanche en el que todavía sigue vigente aquello que le preguntaba un sargento del ejército franquista al joven soldado y futuro escritor Juan Benet, cuando este hacía el servicio militar: 

 - Cuando ves a un francés ¿no te entra mucha rabia?... Pues eso es ser patriota – decía la mala bestia vestida de uniforme. 

Es una verdadera pena el “desafrancesamiento” paulatino, pero constante, que la intelectualidad españolista fue sembrando desde que Felipe González (que venía de ser coronado como Secretario General del PSOE en una ciudad francesa, como es Suresnes) decidiera caminar por la senda de los Estados Unidos de Norteamérica, traicionando la hospitalidad y la cultura gala, porque así se lo aconsejaron ilustres demócratas como Javier Solana, experto en armas químicas, daños colaterales (o sea genocidios) y mentiras piramidales. Y es que el sevillano intuyó que, algún día, podría ser de mayor utilidad para sus fines de idiotización colectiva, una canción como “Rasputin” que algo tan intelectual y complicado como “La Mauvaise Reputation”. Espero que en Portugal no se haya desarrollado una actitud similar hacia los españoles, pero lo mereceríamos.  

Las canciones de Brassens eran (son) verdaderos ejercicios poéticos de ingenio, ternura y dominio de la lengua vernácula, resultado de muchos años de trabajo arduo, al que había que añadir, ulteriormente, el problema de la música. De la métrica y el ritmo. Pero a Georges le protegía su inmensa cultura, su conocimiento adquirido en la lectura y disfrute de Villon, Valery, Rimbaud, Baudelaire o el ya citado Aragon. Todo ello y la utilización habitual de modismos y frases de extracción popular, que contrastaban con el academicismo de algunos textos, hicieron de él un verdadero creador, inimitable, independiente y siempre cáustico.  

De Brassens emana una valiente integridad, tan extraña hoy a los intelectuales “de pensamiento blando” (Marías, Montero, Albiac, Bueno, Cebrián, Pradera) como el compromiso con la verdadera democracia. De su obra brotan conceptos que se hacen casi tangibles, como el amor, la amistad, la vejez, la muerte, la traición, la esperanza, el honor, el valor, que se esparcen en medio de un paisaje donde florece el sentido del humor, el sarcasmo o la ironía, sin un ápice de tolerancia para la sensiblería o la hiperdramatización de los sentimientos, que habitan en personajes de ficción, pero tan bien dibujados que parecen reales. Poesía verdadera. Verdadera poesía.


Hace 25 años que murió, discreta y dolorosamente, el poeta cantor. Tenía sesenta. He lamentado que mis bodas de plata con su muerte no puedan tener como escenario la mediterránea playa de Sête, donde se halla enterrado. Y desde La Habana, mientras en mi casa suenan sus canciones,  recuerdo las palabras que le dedicara  Gabriel García Márquez: 

Hace algunos años, en el transcurso de una discusión literaria, alguien me preguntó quien era, en mi opinión, el mejor poeta contemporáneo de Francia. Sin dudarlo un segundo, respondí: Georges Brassens.”              

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